Vivimos en una era donde la verdad está en la cuerda floja. Una paradoja que enfrenta la humanidad y que, siendo honestos, resulta increíble. Uno hubiera pensado que, con el internet, la información fluiría sin censura, sin fronteras y sin restricciones.

Gutenberg nunca habría imaginado que el conocimiento podría viajar miles de kilómetros con un clic. Pero desde que el hombre transmite ideas, estas siempre han sido reguladas: pasaron por filtros y trabas impuestas por quienes han querido controlarnos a través de la ignorancia.
Durante siglos no solo se quemaron libros que desafiaban los dogmas; también ardieron quienes los escribían. El oscurantismo fue un periodo largo donde las ideas viajaban en cámara lenta y no siempre llegaban al destino.
De pronto la tecnología nos rebasó. Nacieron inventos que, con el tiempo, se perfeccionaron hasta convertirse en lo que hoy conocemos como internet: el mundo entero interconectado a una velocidad mayor a la de un parpadeo. Pero, como suele ocurrir, nadie previó sus alcances.
El radio, por ejemplo, primero se creyó capaz de curar el cáncer; después detonó guerras. Así somos: nuestros inventos avanzan más rápido que nuestra capacidad de entender sus consecuencias.
Muchos creyeron que al fin habría una democratización total del acceso a la información y, sobre todo, a la verdad. Pero no sucedió así. El hombre no está acostumbrado a tener de más. Hoy vivimos un exceso brutal de información que nos obliga a dudar de todo. Las noticias caen como metralla cada vez que encendemos el celular.
Los medios tradicionales sobreviven, aunque casi nadie les cree. Los nuevos canales digitales se multiplican: todos opinan, todos juzgan. Y lo más alarmante: con la llegada de la Inteligencia Artificial —ese fuego que Prometeo robó para entregarlo a los mortales— la realidad puede distorsionarse de la forma más sencilla, incluso por un niño de cinco años.
El peligro es real: bastaría ver en pantalla a un personaje idéntico al presidente de Estados Unidos, con su misma voz y gestos declarando una guerra nuclear, para que millones lo crean… aún si se trata solo de un avatar perfecto.
Yo, por lo pronto —en una era donde la biblioteca de Alejandría sería una molécula en comparación con todo lo que circula en la red—, me siento más perdido que nunca.
Hay cientos de miles de verdades… y el triple de mentiras.
El libertinaje de poder acceder a todo más que iluminar, confunde; más que informar, genera paranoia.
Por primera vez en muchos años, ya no sé quién dice —o no— la verdad.


