Hay una tendencia global a poner el fenómeno exclusivamente mexicano.
En Estados Unidos —un país atravesado por fracturas sociales profundas y crisis de adicciones— se producen series y documentales que convierten a asesinos seriales en objetos de fascinación y culto.

Colombia, durante años, llevó a la pantalla a los narcotraficantes que tanto dolor causaron, presentándolos casi como arquetipos de éxito: El cartel de los sapos, Escobar y otros relatos que terminaron deformando la memoria colectiva. México, como suele ocurrir, replicó la tendencia: primero glorificando al narco, normalizando su lógica y, en muchos casos, seduciendo al espectador con un relato que convierte el crimen en modelo de negocio, otorgándole un glamour artificial a un mundo cuyo desenlace todos conocemos.
Pero ahora se ha cruzado una línea más oscura. A finales de enero de este año, la plataforma de streaming Viubux lanzó la serie biográfica de Daniel Arizmendi, mejor conocido como el Mochaorejas.
Hacer una serie sobre este personaje —que no fue un criminal más, sino un monstruo en todo el sentido de la palabra— es una aberración absoluta.
Es desenterrarlo del cementerio del olvido —las nuevas generaciones ni siquiera sabían de él— y poner su nombre nuevamente en boca de todos: un hombre que provocó un sufrimiento inimaginable.
En un país donde ese individuo, de alguna forma, puso de moda y detonó uno de los delitos más infames —y de los que más tememos los mexicanos—, no debería convertirse en materia prima de entretenimiento. Esto no es memoria histórica: es espectáculo del dolor. No es análisis social: es mercantilización del horror.
El lanzamiento de esta serie no es casualidad. No es una apuesta descabellada: seguro hubo estudios de mercado que la sustentan.
Y todo esto es un espejo brutal de lo que somos como sociedad: hemos aprendido a consumir el dolor ajeno como si fuera ficción, a convertir la tragedia en producto, a mirar la barbarie con palomitas en la mano. A evadir nuestra realidad a través de una pantalla que cada día nos anestesia más.
Ojalá esta serie fracase. Aunque seguramente no será así, y vendrán otras. No soy un hombre de censura. Creo en la libertad de expresión.
Pero también creo en la responsabilidad ética del Estado.
Resulta paradójico que se regulen con severidad el consumo de azúcar o refrescos, mientras se distribuye sin límites una narrativa que glorifica la violencia y normaliza la crueldad.
Nos prohíben casi tomar Coca-Cola, pero permiten que nos sirvan, en bandeja de plata, esta basura de contenido.
Y eso, más que un problema cultural, es una señal de alarma moral.
Porque seamos claros: si tú consumes este tipo de productos, tú también eres parte del problema.
Duele admitirlo, pero hoy algo está profundamente mal en nuestra narrativa: estamos enalteciendo al villano y olvidando a la víctima.
Y eso no es contar una historia: es traicionarla.


