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MENTIRAS PIADOSAS


Texto por: Alberto de la Fuente

Este mes de mayo se cumplen tres años sin imaginar el impacto que tendría en mi vida, pero sobre todo en la de los demás. Revelar públicamente algo tan íntimo, duro y desgarrador solo tuvo sentido para mí si podía ayudar, aunque fuera, a una sola persona más. Hoy, al mirar por el retrovisor y repasar el camino recorrido, entiendo que la mayor satisfacción de haber contado mi historia no ha sido hablar del dolor, sino descubrir que compartirlo también puede transformar, acompañar y abrir conversaciones que muchas familias llevan años evitando.

Hace poco asistí a un podcast en Ciudad de México y, como suele ocurrir, hubo preguntas que me obligaron a detenerme y reflexionar. Una, en particular, fue muy directa: si mis hijos ya sabían sobre mi secuestro.

Cuando fui privado de mi libertad, mi hijo mayor tenía tres años y mi hija apenas había cumplido uno. Durante mi ausencia, mi familia —como suele suceder en estos casos— construyó una mentira piadosa para protegerlos, sobre todo al niño. Con la bebé fue más sencillo justificar mi ausencia por su edad.

Durante la pandemia decidí escribir La caja. Siempre pensé que ellos leerían el libro cuando fueran mayores, pero al publicarlo entendí que debía contarles la verdad antes de que la escucharan por otros medios. Con ayuda de una psicóloga encontramos la manera de hacerlo sin herirlos innecesariamente. Al principio les dimos una versión contenida, pero siempre dejando abierta la puerta a sus preguntas.

Debo admitir que, con los años, las preguntas más profundas han venido de ellos.

—¿Qué harías, papá, si un día te entregaran amarrados a esos rufianes? ¿Qué les harías?

Confieso que a veces no tengo respuestas inmediatas.

Al dosificar la información también nos adelantamos a que alguien, desde la desinformación o la mala intención, les contara una versión distorsionada de una historia que solo a su madre y a mí nos corresponde narrar.

Yo no tengo nada de qué avergonzarme. Somos una familia de supervivientes. La resiliencia se presume; no se oculta.

Quizá el mejor ejemplo que hoy pueden ver es que se puede salir adelante sin vivir desde el miedo ni desde el victimismo eterno. Ese es, tal vez, mi mayor legado. El ejemplo es de las pocas cosas que realmente puedo dejarles. Y cuando ellos lo decidan, mi libro estará ahí para que conozcan la historia completa en mi propia voz, aunque sospecho que para entonces ya no encontrarán nada nuevo, salvo la reiteración de mi infinito amor por ellos.

Escribo esto porque muchas familias cargan durante años con verdades incómodas que terminan escondiéndose por miedo, culpa o dolor. Pero la verdad, tarde o temprano, siempre encuentra la forma de salir a la luz.

Gradúen con sabiduría la madurez de sus hijos.

Los niños perciben.

Los niños valoran la verdad.

Los niños no son tontos.

No conviertan en herida mañana lo que hoy puede hablarse.