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EL DIRECTOR TAMBIÉN ES PERSONA

Durante muchos años, quienes dirigimos empresas hemos sido formados para entender estados financieros, mercados, estrategia, ventas, productividad, negociación, innovación y crecimiento. Aprendemos a administrar organizaciones, desarrollar equipos y tomar decisiones bajo presión.

Pero existe una variable que muchas veces dejamos fuera del análisis: la persona que dirige.
Actualmente estoy cursando en el IPADE el programa El Director como Persona, y me ha llevado a reflexionar sobre una realidad que rara vez aparece en un estado de resultados: detrás de cada director, empresario o alto ejecutivo existe una persona con preocupaciones, estrés, familia, hijos, problemas personales, responsabilidades y momentos de incertidumbre.

Y todo eso entra con nosotros a la oficina.

LA EMPRESA NO EXISTE AISLADA DE NUESTRA VIDA


Un empresario puede estar negociando una inversión importante mientras enfrenta un problema familiar.

Puede estar revisando el presupuesto del siguiente año mientras está preocupado por uno de sus hijos.

Puede tener que motivar a cientos de colaboradores cuando personalmente está atravesando uno de los momentos más difíciles de su vida.

Puede sentarse frente a un consejo de administración, presentar resultados y tomar decisiones trascendentes mientras por dentro carga preocupaciones que nadie alrededor de la mesa conoce.

Esa es una parte de la dirección empresarial de la que hablamos muy poco.

Nos enseñaron que los problemas personales se dejan en casa y los problemas de la empresa se quedan en la oficina. En teoría suena correcto. En la práctica, el ser humano no funciona con compartimentos completamente independientes.

Somos la misma persona.

Por eso, la calidad de nuestras decisiones empresariales también depende de nuestra estabilidad, nuestras relaciones, nuestra salud, nuestra familia, nuestros valores y de la capacidad que tengamos para administrar la presión.

EL ESTRÉS TAMBIÉN FORMA PARTE DEL PUESTO


A medida que una empresa crece, generalmente también crecen las responsabilidades.

Hay nóminas que pagar, créditos, inversiones, clientes que conservar, proveedores, trabajadores, regulaciones, competencia y cambios económicos y políticos que muchas veces no podemos controlar.

Y hay algo todavía más complicado: la responsabilidad sobre otras personas.

Cuando dirigimos una organización, nuestras decisiones dejan de afectarnos solamente a nosotros. De ellas pueden depender trabajadores, familias, proveedores, accionistas y comunidades enteras.

Esa responsabilidad genera una presión difícil de explicar a quien nunca ha tenido que tomar ese tipo de decisiones.

El problema comienza cuando normalizamos vivir permanentemente bajo estrés.

Creemos que aguantar más significa dirigir mejor.

No necesariamente.

Un director agotado, preocupado o emocionalmente rebasado puede seguir trabajando muchas horas, pero eso no significa que esté tomando las mejores decisiones.

Por eso considero que aprender a conocernos y administrarnos a nosotros mismos debería formar parte de cualquier formación seria de alta dirección.

FAMILIA, HIJOS Y EMPRESA

Existe además un reto especialmente complejo para quienes somos empresarios: encontrar equilibrio entre la responsabilidad profesional y la familiar.

Queremos construir empresas sólidas, pero también queremos ser buenos padres, esposos, hijos y amigos.