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MEJORES PERSONAS, MEJORES EMPRESAS, MEJOR SOCIEDAD: EL ORDEN IMPORTA

La responsabilidad social de una empresa no comienza en sus programas ni en sus reportes, sino en la persona que toma las decisiones.

En buena parte de la práctica empresarial, la responsabilidad social se construye de afuera hacia adentro. Primero, se definen programas comunitarios, donativos y reportes de sostenibilidad; después, si acaso, se revisa la cultura de la organización. Rara vez nos preguntamos por la persona que dirige. El lema de IESDE, “mejores personas, mejores empresas, mejor sociedad”, propone el orden inverso, y ese orden no es retórico.

Juan Antonio Pérez López sostenía que toda decisión directiva produce algo más que un resultado. También deja una huella en quien decide y en las personas que ejecutan o padecen la decisión, que confían más o menos en quien las dirige. Un director puede cumplir sus metas durante años mientras erosiona, sin advertirlo, la confianza de su equipo y su propio criterio. La calidad de una empresa depende, en último término, de la calidad de las decisiones de quien la dirige.

No se trata solo de buenas intenciones. El profesor Guido Palazzo y sus colegas han estudiado la ceguera ética: personas íntegras que, bajo presión, con metas rígidas y en culturas que premian el resultado a cualquier costo, dejan de ver la dimensión moral de lo que deciden. Las metas se convierten en el único criterio, el lenguaje técnico oculta los dilemas y el entorno normaliza lo que antes habría parecido inaceptable. Muchos escándalos corporativos no fueron obra de personas sin valores, sino de directivos que, poco a poco, dejaron de mirar. Ningún código de conducta sustituye un juicio bien formado.

Lo que ocurre en la persona del director no se queda en la empresa. Andrew Crane y Dirk Matten han mostrado que las empresas ejercen, en los hechos, funciones de ciudadanía: influyen en los derechos de sus colaboradores, en la vida de sus comunidades y en el cuidado de bienes que son de todos. Una política salarial, la relación con proveedores locales o la decisión de cerrar una planta tienen efectos que rebasan los muros de la organización. En un país como México, donde el Estado no siempre alcanza, esa influencia es aún mayor. Cada decisión directiva es también, en alguna medida, una decisión sobre la sociedad.

Por eso el orden importa. Una empresa puede sostener programas sociales ejemplares y, al mismo tiempo, tomar decisiones que los contradicen, porque nadie en la alta dirección se detuvo a preguntar a quién afectan. La responsabilidad social empieza cuando el director asume que su trabajo no consiste solo en obtener resultados, sino en decidir bien. En esa diferencia se juegan la confianza de su equipo, la legitimidad de la empresa y su propio crecimiento como persona.