Hace unos días, mi hija Carolina, de 25 años, recién graduada de psicología clínica, estudiante de posgrado y trabajadora del Hospital Universitario de Monterrey, se quejaba entre lágrimas porque su beca no le alcanzaba para “todo lo que quiere vivir”. Le di algunos consejos como madre, mentora y experta en presupuestos. Pero me sorprendió con una frase: “Mamá, es que no entiendes… ¡soy un adulto bebé!”.

No supe si reír o llorar (terminé riendo). A su edad, yo ya trabajaba en una gran empresa, tenía coche propio, apoyaba a mi mamá con los gastos, viajaba, ahorraba y no dependía económicamente de nadie. A los 25 ya estaba casada, manejaba un hogar y las finanzas. Entonces lo entendí: ser adulto ya no significa lo mismo.
La adultez es la etapa posterior a la adolescencia, cuando se alcanza la madurez física y se asumen responsabilidades. Se divide en tres fases: adultez temprana (18-40), media (40-65) y tardía (65+). Hoy, ser adulto es más confuso, gradual y, a veces, hasta cómico.
Tuve el privilegio de conocer a los autores Jesús Amaya y Evelyn Prado, quienes, en sus libros y artículos, explican cómo ha cambiado el concepto de adultez con el paso del tiempo. Psychology Today también abordó este tema recientemente, destacando las nuevas características de ser adulto en el siglo XXI, sobre todo tras la pandemia.
Decidí acompañar esta evolución como mejor sé hacerlo: con sentido… y con humor. Aquí comparto mi (no oficial, pero muy real) clasificación de los tipos de adultez moderna:
ADULTO RECIÉN NACIDO (18–25 AÑOS)
Recién egresado, se independiza con ayuda de las cuentas de sus padres. Tiene empleo de medio tiempo y considera un ahorro no pedir comida por apps. Vive de Ramen y compra en línea como si el dinero creciera en plantas.
ADULTO BEBÉ (25–30 AÑOS)
Comienza a tomar responsabilidades: paga impuestos, descubre gastos inesperados y se cuestiona si la vida o la terapia es lo caro.
ADULTO TODDLER (30–35 AÑOS)
Da pasos firmes: tiene una planta, un perrijo o cathijo, y coche a plazos. Usa Google Calendar y aprende a decir: “no puedo, tengo que ahorrar”.
ADULTO TEEN (35–40 AÑOS)
Valora su tiempo, se emociona con tuppers y electrodomésticos. Guarda recibos “por si acaso” y comparte memes sobre dolores de espalda.
ADULTO SENIOR (40–50 AÑOS)
Da consejos sin que se los pidan. Tiene su lista de errores “que no volverá a cometer” (aunque a veces sí). Se emociona con descuentos.
ADULTO PREMIUM (50+ AÑOS)
Ha sobrevivido a todas las versiones anteriores. Tiene historias, aprendizajes y hasta un Excel con sus logros. Si además goza de salud y finanzas, merece reconocimiento… o al menos, un viaje con todo incluido.
¿Por qué importa esta clasificación? Porque cada etapa tiene sus retos, aprendizajes y risas. Ser adulto no es llegar a una meta, es un proceso constante. A veces, reírnos de lo que no entendemos es parte de crecer.
Estudios muestran que muchas personas de 30, 40 años o más, no sienten que han alcanzado la adultez. El sentido de vida que antes marcaba el camino: trabajo estable, matrimonio, familia, casa propia, ya no es tan claro. Y la adultez se retrasa no solo por razones económicas, sino porque vivimos más. Por eso es vital enseñar a nuestros hijos finanzas, inteligencia emocional y a enfrentar sus propios problemas.
Aceptar esta nueva adultez no significa abandonar el rol de padres, sino guiar con realismo. No debemos imponer caminos obsoletos, sino acompañar para que sean adultos responsables, independientes… y felices.
Como guía vocacional y mentora, lo veo constantemente: cada quien crece a su ritmo. Incluso un adulto premium, de vez en cuando, también quiere decir: “¡soy un adulto bebé!”.
“Adulting es cuando entiendes por fin a tu madre/padre… y te da miedo parecerte a ellos y ya quieres su Dyson (aspiradora)”.
Conecta conmigo para más ideas y reflexiones. @di_castaneda


