¿Dónde aprendiste más sobre liderazgo: en un salón de clases o el día que tuviste que dejar ir a un colaborador? ¿Quién te enseñó más sobre flujo de efectivo: un libro de finanzas o aquella quincena en la que no sabías si podrías pagar la nómina? ¿Cuándo entendiste realmente el valor de un cliente: leyendo un caso de estudio o cuando perdiste el primero?

La mayoría responderíamos lo mismo: las lecciones que marcaron nuestra vida llegaron del mundo real, no del aula.
Aunque hoy escuchamos el término learning by doing, aprender haciendo, el concepto tiene más de un siglo. En 1896, John Dewey fundó la Laboratory School de la Universidad de Chicago convencido de que las personas no aprenden acumulando información, sino enfrentando problemas reales. Para él, la educación no era preparación para la vida, sino la vida misma.
Décadas después, David Kolb explicó este proceso mediante un ciclo: vivir una experiencia, reflexionar sobre ella, extraer principios y volver a experimentar. La palabra clave no es hacer, sino reflexionar. La experiencia, por sí sola, tampoco enseña. El aprendizaje aparece cuando analizamos decisiones, entendemos errores y modificamos nuestra forma de actuar.
La neurociencia respalda la idea: recordamos mejor aquello que nos emociona, desafía u obliga a decidir. El primer cliente importante, la negociación más difícil, el proyecto que fracasó o la primera gran venta permanecen porque los vivimos.
Por eso muchas organizaciones han integrado el aprendizaje experiencial a su cultura. Los médicos aprenden atendiendo pacientes. Los pilotos acumulan horas en simuladores. Toyota desarrolla a sus colaboradores resolviendo problemas mediante la filosofía Kaizen. La d.school de Stanford trabaja con prototipos desde las primeras semanas y Babson
College impulsa a sus estudiantes a crear empresas reales desde el inicio. La teoría no desaparece: llega cuando entendemos por qué es necesaria.
Después de tres décadas emprendiendo, confirmé que los errores más costosos también fueron grandes profesores. Ningún libro me enseñó tanto sobre flujo de efectivo como decidir entre invertir o asegurar la nómina. Ninguna materia explicó mejor el liderazgo que enfrentar una crisis con mi equipo. Ningún curso desarrolló tanto mi resiliencia como levantarme después de un proyecto que no salió como esperaba.
Silicon Valley popularizó la expresión fail fast, fracasa rápido, pero suele malinterpretarse. No se trata de celebrar el fracaso, sino de aprender más rápido que los demás.
Este paradigma es aún más relevante con la inteligencia artificial. Hoy cualquier estudiante puede pedir a una IA que resuelva un ejercicio, redacte un ensayo o programe una aplicación. Si el conocimiento está disponible a un clic, la ventaja competitiva ya no será memorizar, sino desarrollar criterio, creatividad, pensamiento crítico y capacidad para resolver problemas inéditos. Y esas habilidades se construyen enfrentando la realidad.
En Puebla tenemos una enorme oportunidad. Nuestras universidades deben crear más experiencias: menos clases tradicionales y más proyectos con empresas; menos exámenes de memoria y más retos interdisciplinarios; menos casos lejanos y más problemas del entorno; docentes que acompañen como mentores y una cultura donde equivocarse sea parte natural del aprendizaje.
Durante siglos, la educación preparó a los alumnos para responder preguntas. El siglo XXI exige algo distinto: formar personas capaces de resolver problemas que aún no existen.


