Hace algunos años viví una escena tan sorprendente como reveladora: el boleto de avión entre dos ciudades europeas costaba menos que el transporte del aeropuerto al centro. ¿Cómo podía costar más el taxi que el vuelo? Con el tiempo entendí que aquella anécdota resumía una de las transformaciones más profundas de la aviación comercial.

Mi relación con los aviones comenzó mucho antes. A los siete años hice mi primer vuelo, de Puebla a Acapulco, a bordo de Aeronaves de México, empresa que después se consolidaría como Aeroméxico. Posteriormente, volé con Air France de Houston a París y luego a Madrid. Aquellos viajes me enseñaron que la aviación no solo transporta personas: conecta culturas, idiomas y formas de entender el mundo.
A principios de los años noventa llegó una experiencia decisiva. Gracias a Gabriel Cedillos, exfuncionario de Mexicana y agente especializado en vuelos chárter, analizamos con mi padre y Jorge Velázquez la posibilidad de llevar ese modelo a Puebla. Aero Ejecutivo tenía disponibilidad de un Boeing 727 los domingos, así que estructuramos ocho frecuencias con una ruta poco común: Cancún-Puebla-Orlando-Puebla-Cancún.
Hasta donde tengo entendido, aquella operación fue una de las primeras, si no la primera, de carácter comercial internacional desde el Aeropuerto Internacional de Puebla. Para quienes hoy compran un boleto desde una aplicación, resulta difícil imaginar el proceso. Usábamos una computadora portátil, llevábamos el control de pasajeros en una hoja de cálculo y elaborábamos manualmente los pases de abordar. Sin saberlo, recibía una formación que ningún salón de clases podía ofrecer.
Los resultados fueron extraordinarios. Familias poblanas podían viajar a Walt Disney World o disfrutar de Cancún mediante paquetes accesibles. La respuesta confirmó una regla que he visto repetirse: cuando existen asientos disponibles y precios adecuados, la gente quiere viajar.
Su éxito no se explica únicamente por cobrar equipaje o utilizar aeropuertos secundarios. Europa construyó las condiciones para que prosperaran. La Unión Europea creó un mercado aéreo integrado, donde una aerolínea puede conectar distintos países con menos barreras. Cientos de millones de personas forman, en la práctica, un mismo mercado.
El tamaño importa, pero también la capacidad económica para viajar y las reglas que facilitan la competencia. Europa logró reunir esos elementos y convirtió la conectividad en una ventaja.
Por eso, cuando un vuelo cuesta casi lo mismo o menos que el traslado del aeropuerto al centro, no estamos frente a una simple curiosidad. Es el resultado de décadas de evolución tecnológica, comercial y humana.
Cuando recuerdo aquel Boeing 727 en Puebla, pienso en todo lo que cambió. Hoy los aviones son más eficientes, los sistemas más sofisticados y los mercados más competitivos. Pero algo permanece: la emoción de viajar, descubrir lugares y acercarnos a otras culturas.
Los aviones transportan pasajeros, pero la aviación mueve algo mucho más importante: las oportunidades. Cuando un boleto cuesta menos que un taxi, estamos viendo cómo el mundo se ha acercado como nunca antes. Y esa es, quizá, la verdadera revolución de volar.
Viajemos juntos.


