El mexicano es un animal poco congruente entre su decir y su actuar.
Cuando nos conviene, todos somos México: se nota en un mundial, por ejemplo. Nos envolvemos en la bandera cuando conviene, pero renegamos del país en cuanto cruzamos la frontera. En lo cotidiano actuamos como pequeñas repúblicas enemigas: norte contra sur, capital contra provincia, ricos contra pobres, los míos contra los otros.

Decimos ser solidarios cuando nos atacan desde fuera, pero hacia adentro hay un resentimiento persistente entre estados y regiones. Hablamos de igualdad, pero seguimos marcando estatus según el código postal. Presumimos ser producto del mestizaje, pero reducimos la identidad al pigmento: entre más blanco, más “aspiracional”; entre más moreno, más “auténtico”. En ambos extremos seguimos fragmentándonos.
Decimos “orgullosamente mexicanos”, pero renegamos del vecino, del acento distinto, del tono de piel, del origen humilde cuando no encaja con la imagen que queremos proyectar. La identidad nacional se vuelve un disfraz: nos lo ponemos en fechas clave y nos lo quitamos en la vida diaria. Somos tan incongruentes que incluso hay quien grita la independencia en Las Vegas, colgándose la bandera como capa mientras desprecia lo que esa bandera representa en lo cotidiano.
Renegamos del cine mexicano, rara vez vamos a verlo, pero aplaudimos como si hubiéramos sido los productores cuando Alfonso Cuarón, Alejandro González Iñárritu o Guillermo del Toro arrasan con premios en el extranjero. Nos apropiamos del triunfo cuando ya es incuestionable, pero dudamos del talento propio mientras todavía está creciendo en casa.
Hablamos de solidaridad hasta que toca ejercerla sin cámaras. Nos conmueve la tragedia ajena siempre que no incomode nuestra rutina. Aplaudimos al que “sale adelante”, pero si lo hace distinto a nosotros empezamos a sospechar, a minimizar, a ponerle peros. Admiramos el éxito siempre y cuando no nos recuerde nuestras propias renuncias.
Nos quejamos del sistema, de la corrupción y del abuso de poder como si fueran entes ajenos, caídos del cielo. Pero en la fila nos colamos, en el semáforo nos pasamos, la mordida la justificamos, a las marchas no vamos, en las elecciones nos abstenemos y denunciar “no conviene”. Exigimos un país distinto sin abandonar las prácticas que lo mantienen exactamente igual. Y para rematar, nos tomamos la selfie con el político que detrás de bambalinas tanto criticamos.
Y aun así —ahí está lo incómodo— también somos capaces de gestos enormes: hospitalidad genuina, humor en medio del desastre, ayuda cuando el agua ya nos llega al cuello. El problema no es que seamos contradictorios; el problema es que hemos normalizado la incongruencia como identidad.
Tal vez no nos falta amor por México. Tal vez nos falta carácter para sostenerlo cuando no hay bandera, ni mundial, ni aplausos.
Decir menos lo que somos… y empezar a actuar como si de verdad lo creyéramos. Porque el verdadero valor del mexicano no está en la tierra que pisa, sino en la mezcla que lo formó: un ADN hecho de historia, heridas, culturas y resistencias.
Un rompecabezas complejo que no nos obliga a pensar igual… pero sí a ser coherentes con lo que decimos amar.


