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EL LEGADO DEL TIEMPO: CUANDO EL SACRIFICIO SE CONVIERTE EN AMOR

No soy alguien que haya tenido la vena deportiva. Nunca encontré en el deporte una pasión genuina, quizá porque no tuve quien me la inculcara, o tal vez porque simplemente no estaba en mi naturaleza. Aunque nadie me empujó hacia una disciplina concreta, no puedo ser ingrato: las oportunidades se me presentaron, solo que en mi ADN no estaba escrito volverme loco por algo que nunca despertó en mí curiosidad.

Lo intenté. Prácticamente probé de todo, aunque creo que más por encajar que por verdadero interés. Durante años, culpé de forma silenciosa a mi padre por no haberme transmitido esa pasión que la mayoría de los niños parecían tener. Pensaba que jamás pateé un balón de fútbol con él ni vi un partido en televisión a su lado. Pero, con el tiempo, entendí que a él también le daba lo mismo, o tal vez —y muy probablemente— él tampoco tuvo quien lo guiara. Solo que yo tuve la conciencia de romper ese patrón, y eso ha sido, en mi relación con mis hijos, mi gran aportación.

Cuando nació mi primer hijo, todo cambió. Me di cuenta de que la pasión deportiva, más que una conducta aprendida, es un atributo que algunos simplemente llevan en la sangre. Mi hijo resultó ser un deportista nato desde temprana edad. Por supuesto, como padres, alentados siempre por su madre, lo impulsamos a involucrarse en el deporte, convencidos de que es una fuente invaluable de disciplina, tenacidad y salud, además de un escudo contra los malos hábitos y una gran forma de conectar y empatizar con la comunidad —no solo local, sino internacional—, porque el deporte no conoce fronteras.

Desde entonces, lo hemos acompañado en un sinfín de disciplinas que han llamado su atención. Ha sido un viaje largo, lleno de sacrificios: tiempo, recursos y, sobre todo, disposición. Es decir, dejar de hacer otras cosas para enfocarnos en él y ponerlo al centro de nuestras prioridades.

Yo, que no soy deportista, a veces batallo para seguirle el ritmo: levantarme al amanecer para verlo jugar un partido de soccer un sábado o cargarle un sinfín de veces los palos durante dos días en un torneo de golf, bajo el rayo del sol, la inclemencia del viento o la lluvia. Lo resiento, me cuesta y, en algunas ocasiones, refunfuño. Pero, paradójicamente, es justo ese sacrificio el que ha hecho que, al verlo comprometido y alcanzando sus propios triunfos, los sienta también como míos. Es mi mejor moneda de cambio.

En él veo reflejado lo que yo no fui, pero también lo que, de alguna forma, he podido aportar. Me enorgullece pensar que, a donde sea que llegue, yo habré contribuido no solo con recursos, sino con el activo más valioso que tenemos los seres humanos: nuestro tiempo.

Ya no culpo lo que no hice a causa de alguien más o por mis propias limitaciones; al final, he descubierto que tengo otros atributos. La oportunidad siempre estuvo ahí, solo que no se alinearon los factores para que despegara. Hoy veo a mis hijos con mil proyectos nuevos, y me encanta saber que todavía puedo alentarlos, apoyarlos y, sobre todo, seguir aprendiendo de ellos. Pero lo que más valoro es que todo este tiempo que hemos decidido pasar juntos ha sido la traba que ha pavimentado una sólida y fuerte relación de amistad y cariño.