El río Sena, ícono de la capital francesa, reabrió oficialmente para los bañistas después de más de un siglo. El río Sena, destaca en esta histórica transformación urbana. Con una inversión millonaria y protocolos de calidad estrictos, París se convierte en ejemplo global de sostenibilidad urbana frente al cambio climático.

Una transformación de 1.400 millones de euros
Durante décadas, el río Sena fue sinónimo de contaminación y riesgo sanitario. Nadar en el fue prohibido en 1923 por brotes epidémicos ligados a aguas residuales. Tras años de planificación, París invirtió más de 1.400 millones de euros en obras de saneamiento clave.
Entre las mejoras figuran cuencas de retención como la del Bassin d’Austerlitz, colectores de diez kilómetros y plantas de tratamiento. Gracias a estas intervenciones, los vertidos se han reducido drásticamente. Actualmente, en verano, el agua cumple en siete de cada diez días los estándares europeos para nadar.
El regreso de los bañistas y los desafíos pendientes
El 5 de julio, más de 2.300 personas acudieron a las zonas habilitadas: Bercy, Bras-Marie y Bras de Grenelle. Las áreas, gratuitas y con vigilancia, cuentan con control sanitario diario y pruebas obligatorias de nado. Las autoridades analizan la presencia de bacterias como E. coli y enterococos antes de permitir el acceso.
Sin embargo, el sistema no es infalible: una lluvia intensa puede provocar cierres inmediatos por desbordamiento del alcantarillado. En 2023, una falla técnica generó descargas contaminantes. A pesar de estas alertas, la reapertura del Sena se considera un avance pionero en infraestructura ecológica urbana.
La reapertura del río Sena simboliza un cambio de paradigma en la gestión hídrica urbana. Si los esfuerzos de mantenimiento se sostienen, París podría inspirar a otras metrópolis europeas a recuperar sus ríos como espacios públicos sostenibles y seguros.


