A lo largo de mi carrera he tenido la oportunidad de ocupar posiciones clave dentro del ecosistema educativo mexicano. Más que dirigir estrategias institucionales o encabezar proyectos de alto nivel, mi verdadera labor ha sido construir una visión crítica sobre el rumbo que toma la educación en tiempos de cambio acelerado. Hoy, cuando la inteligencia artificial se presenta como la gran promesa del futuro, no me sumo al entusiasmo ciego; prefiero hacer una pausa y preguntar: ¿cómo mantenemos la libertad académica cuando las plataformas digitales y los algoritmos parecen imponer nuevas reglas?

Soy psicólogo por la Universidad de las Américas Puebla y he cursado estudios de posgrado en administración del conocimiento y desarrollo humano. Fui director general en la Universidad Iberoamericana y vicerrector de vinculación en la UPAEP, donde impulsé la conexión entre la academia y los sectores productivos. También tuve el privilegio de liderar, desde la Universidad Tecnológica de Puebla, un centro especializado en formación de talento automotriz en alianza con Audi, un proyecto que integró innovación, educación y desarrollo económico de manera tangible.
Mi experiencia como fellow del American Council on Education en Portland State University marcó un punto de inflexión en mi trayectoria. Durante ese periodo desarrollé un proyecto sobre gobernanza como herramienta de transformación institucional, y reafirmé una convicción que me acompaña hasta hoy: innovar no consiste solo en incorporar tecnología, sino en rediseñar estructuras que fortalezcan la autonomía y el pensamiento crítico.
TECNOLOGÍA, SIN PERDER EL JUICIO
Desde esa perspectiva, observo con atención casos como el de la California State University, que ha anunciado su transformación en una institución “potenciada por inteligencia artificial” mediante alianzas con empresas como Amazon y OpenAI. Aunque reconozco el valor de estas herramientas, me preocupa que las universidades comiencen a delegar no solo tareas, sino también criterios, corriendo el riesgo de perder su función formativa y crítica.
Mi inquietud va más allá del uso de tecnología. Veo con alarma cómo fuerzas externas comienzan a condicionar los contenidos, recortar libertades académicas y convertir el aula en un espacio de consumo disfrazado de formación. La educación, en su esencia, podría estar cediendo terreno ante las métricas comerciales, perdiendo su voz y su propósito pedagógico.
Hoy colaboro como asesor en instituciones y organismos como la Comisión de Innovación de Coparmex, el Consejo Coordinador Empresarial de Puebla y Canacintra. Además, he plasmado mis reflexiones en publicaciones como Las pistas del emprendimiento, Ser Grande, Voces emprendedoras e Intelligentia: estrategias para la innovación, donde coordino ideas en torno a cómo innovar sin renunciar al juicio.
Mi propuesta no es resistirse al cambio, sino integrarlo con propósito. Creo firmemente que la tecnología debe servir a la educación, no sustituirla. Leer, escribir, debatir y equivocarse siguen siendo actos fundamentales para formar ciudadanos críticos y libres.
EL AULA COMO ESPACIO DE DECISIÓN
En un entorno cada vez más condicionado por algoritmos y convenios, considero urgente que las instituciones vuelvan a preguntarse para quién y para qué educan. Porque en la disyuntiva entre adaptarse o resistir, la verdadera respuesta está en decidir con criterio. Formar en libertad no es un ideal lejano: es una urgencia que define el futuro mismo de la educación.


