En días recientes vi en mis redes sociales mensajes de conocidos solicitando ayuda para una persona hospitalizada de gravedad que no contaba con seguro. Se organizaba una colecta para cubrir los gastos médicos —que en un hospital nunca son claros y crecen a pasos agigantados hasta que el paciente es dado de alta—. Curiosamente, conocía a esa persona: fue compañero mío del colegio. Aquel reencuentro fortuito me llevó a reflexionar sobre algo que, cada cierto tiempo, me golpea la cabeza: la falta de cultura para adquirir seguros médicos.

No puedo hablar del caso particular, pero sí de un patrón que he observado. Muchos de quienes viven cómodamente —viajan, presumen restaurantes, relojes o camionetas— carecen de un seguro de gastos médicos. Y cuando el huracán toca tierra, aparecen las rifas, las colectas y los llamados desesperados para salvar una vida que, con previsión, pudo estar protegida.
La raíz del problema está en la ausencia de educación financiera. En los colegios nadie nos enseña el valor del ahorro, el manejo del riesgo ni la importancia de proteger lo que tenemos. A nadie le gusta pagar un seguro, lo entiendo: es un gasto que uno hace para no usarlo. Pero quien lo ve con madurez sabe que no se trata de gastar, sino de blindar el futuro.
En México, solo alrededor del 8 % de la población cuenta con un seguro médico privado, es decir, unos diez millones de personas en un país de casi 130 millones. El resto vive expuesto a que un accidente o enfermedad los lleve a la ruina. Tras la pandemia, muchísimas familias dejaron de renovar sus pólizas por los incrementos en las primas y la incertidumbre económica. Cada año, miles de familias pierden su casa al tener que venderla para cubrir facturas hospitalarias. En este país, la enfermedad no solo enferma el cuerpo: también puede destruir el patrimonio.
Yo también detesto pagar mis seguros —tengo tres además del mío— y casi no los he usado en veinticinco años. Pero cada año, cuando hago mi presupuesto, primero cubro mis obligaciones: seguros, prediales, colegiaturas. Lo demás —viajes, cenas, lujos— va después. Esa disciplina me da tranquilidad: la certeza de que, si algo pasa, mi familia no quedará desprotegida.
Esto no es un regaño, es una invitación a tomar conciencia. Un accidente o una enfermedad pueden cambiarlo todo. Un seguro no evita la desgracia, pero sí cambia cómo se vive. Entre más tardes en contratarlo, más caro será: las primas suben con la edad y las condiciones médicas. Hay opciones accesibles y confiables; busca asesoría, compara y elige la que se adapte a ti. Muchos planes se pueden pagar a meses sin intereses y además ofrecen deducibilidad fiscal.
En un país donde el sistema de salud pública es insuficiente, no se debe escatimar en bienestar y protección.
Proteger a los nuestros debería ser siempre la primera inversión, no la última.
Porque la vida, tarde o temprano, siempre se sale del guion. No hay lujo que valga más que la tranquilidad de saber que podrás seguir viviendo ….. por que vivir , aunque suene a comercial , en verdad es increíble.


