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LO QUE NO SE HURTA, SE HEREDA


Dicen que lo que no se hurta, se hereda. Desde que mis hijos, Alberto y Mariola, eran muy pequeños, me han acompañado en mis viajes a infinidad de tiendas de antigüedades, mercados y bazares de pulgas, así como a todo tipo de espacios raros y vintage. Lo mío, sin duda, siempre fue un gusto particular, quizá heredado de mis padres, que me lo inculcaron desde la infancia. Para mí, que me llevaran un domingo al barrio de Los Sapos era como ir a Disneylandia.

Con el paso de los años he coleccionado de todo, enumerar la lista sería interminable, y, además de ser un pasatiempo divertido, este hábito me ayudó a descubrir atributos muy valiosos en el mundo de los negocios: el regateo, que no es otra cosa que afinar con pericia el arte de la negociación, y, sobre todo, la capacidad de educar la mirada para encontrar valor en lo que otros consideran simple chatarra.

Cuando comenzaron a interesarse de verdad en este mundo de rarezas y tesoros únicos, mi primer consejo fue claro: en el comercio, lo importante no es vender caro, sino comprar bien. Infórmense, estudien, y así nunca nadie les verá la cara. Nunca sabrán si lo que están comprando es una buena ganga si desconocen su valor. Estas sencillas lecciones de economía les han abierto una perspectiva que poco a poco han ido aplicando con mayor destreza.

El simple hecho de verlos negociar sin la intervención de un adulto es, en verdad, un agasajo. Yo rara vez intervengo, pues aunque vea que les están metiendo un auténtico gol, me interesa más comentarlo después con ellos, para que no repitan sus errores. Durante años, mi manera de estimar precios de ciertos objetos coleccionables fue a través de catálogos de subastas a los que estaba inscrito; hoy mis hijos gozan de mayores

ventajas como el internet y la inteligencia artificial, que con tan solo subir una foto, en un par de segundos ofrecen una ficha comercial muy completa. Admito que eso le quita un poco de encanto a la investigación, pero de que es una herramienta útil, no cabe duda. Así que hoy, más que nunca, no hay pretexto: la información está al alcance de un clic, y así evitamos que nos den gato por liebre.

Hace apenas unos días regresé de un road trip por varios estados de Nueva Inglaterra, repleto de tiendas de antigüedades y chácharas donde, más que objetos, se vende nostalgia. Fueron mis propios hijos quienes me rogaron detenernos en cada uno de esos lugarcitos atrapados en el tiempo. Si les cuento que habremos entrado a más de treinta, quizá hasta me quede corto.

Su entusiasmo por visitar esos sitios atendidos por viejos propietarios, que la mayoría de las veces se enternecen y se ablandan un poco al negociar con sus muy jóvenes y peculiares clientes, y donde rara vez encuentras a un niño, me llena de orgullo. Ver cómo lo que sembré se convierte en legado, en tradición, en un gusto adquirido, es un regalo. No sé cuánto tiempo más les dure este pasatiempo, con la tecnología y las tarjetas coleccionables de fútbol como mis grandes competidores, pero de algo estoy seguro: cuando el tiempo pase, estos recuerdos serán para ellos invaluables. No tanto por los objetos que conserven, sino por la convivencia, que un día descubrirán como oro molido dentro de un reloj de arena que nunca se detiene.

Y tal vez, el día que cierren su primer gran negocio, su primera gran transacción mercantil, recuerden con una sonrisa quién les enseñó un poco de cómo negociar con destreza… y cómo estirar con inteligencia su patrimonio.