El jazz pierde a una de sus voces definitivas. Sonny Rollins, saxofonista tenor clave en la improvisación moderna, murió a los 95 años en Woodstock, Nueva York. Su partida cierra siete décadas de exploración musical, retiros voluntarios, disciplina extrema y una influencia que atravesó clubes, festivales, estudios y archivos históricos.

Theodore Walter Rollins nació en Harlem en 1930, dentro de una familia vinculada a la música. Desde adolescente compartió escenarios y grabaciones con figuras como Thelonious Monk, Miles Davis y Bud Powell, antes de consolidarse tras superar una etapa marcada por la heroína. Su prestigio creció con obras como Saxophone Colossus, Way Out West y Freedom Suite. En ellas afinó un lenguaje propio, amplio y flexible, capaz de dialogar con el hard bop, la vanguardia, el calipso y hasta el rock, como mostró en Tattoo You, de los Rolling Stones.
Retiros, reconocimientos y una leyenda urbana
Rollins también construyó su leyenda desde el silencio. En 1959, cuando su carrera avanzaba con fuerza, se retiró dos años para practicar cerca del puente de Williamsburg, convencido de que aún debía encontrar otra profundidad sonora. Más tarde llegaron dos Grammy competitivos, un Grammy honorario, una beca Guggenheim y la Medalla Nacional de las Artes. La fibrosis pulmonar redujo sus presentaciones: ofreció su último concierto en 2012 y dejó definitivamente el saxofón en 2014, aunque conservó archivos, cuadernos personales y grabaciones inéditas de enorme valor documental para futuras investigaciones musicales.
Un legado que seguirá respirando
Su muerte no detiene la conversación que abrió. Rollins deja una obra donde la técnica nunca fue suficiente sin búsqueda interior. Para el jazz contemporáneo, su legado funciona como brújula: tocar mejor también significa dudar, escuchar y volver a empezar.


